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miércoles, 11 de enero de 2012

LA JAULA DEL MIEDO















TODOS LOS TEXTOS PUBLICADOS EN EL BLOG, ESTÁN DEBIDAMENTE REGISTRADOS EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL, Y NO PODRÁN UTILIZARSE SIN EL PREVIO PERMISO DEL AUTOR.


Tenía tanto miedo que apenas podía respirar. La atmósfera estaba tan cargada de gritos y sollozos que se había vuelto irrespirable. María, acurrucada en un rincón de la cocina, observaba ida las gotitas de sangre que salpicaban el suelo. Él ya se había marchado, había huido de la escena como una culebra cobarde, y la había dejado allí, golpeada, con un pitido insoportable en los oídos. Permanecía quieta a pesar de estar sola en la cocina, temía incluso pensar, como si de alguna forma él pudiera darse cuenta y volver para matarla.

Se abrió la puerta lentamente, y ella gimió lastimera, entonces vio entrar a un niño muy pequeño, que apretaba un peluche entre los brazos y la miraba con los ojos llenos de lágrimas, estaba tan asustado como ella. Se levantó impulsada por un resorte, caminó lenta y dolorida hasta el teléfono, y mientras revolvía el cabello del niño con los dedos, marcó un número de tres dígitos.


Lorea Otsoa Honorato.

jueves, 29 de diciembre de 2011

LA MAZMORRA


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La humedad era abundante en el interior de aquella lúgubre mazmorra. La luz apenas penetraba por un angosto ventanuco situado en lo alto de una de las cuatro paredes, provocando una claridad débil y lechosa que mostraba lo horrendo del lugar de forma difusa. Saramay se hallaba tumbado a un extremo, sobre un raído jergón que apestaba a mugre; mantenía los ojos entrecerrados, observando distraídamente los regueros de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes. No se movía, el dolor punzante que tenía en el costado le obligaba a permanecer ligeramente encogido. Tenía la boca seca, hacía siglos que no ingería líquido ninguno, tampoco había comido en horas, pero no tenía hambre, el dolor mataba cualquier otro sentido, exceptuando el de la sed.

Apenas recordaba cómo había llegado hasta allí, todo en su mente eran imágenes difusas. Recordaba un vuelco en el corazón, unos ojos verdes, una piel suave deslizándose entre sus manos, una amenaza seguida de una huida, el apresamiento, golpes, muchos golpes ensañándose en su cuerpo, después, la negrura más absoluta, y la mazmorra en la que se hallaba…

Su mente no era más que un remolino de ideas que revoloteaban a su alrededor sin orden ni concierto, sentía frío, un frío líquido que le calaba hasta los huesos, ¿qué iba a ocurrir de ahí en adelante? ¿Lograría salir del infierno al que lo habían confinado? Negó con la cabeza mientras gemía lastimero, acababa de descubrir aterrado, que estaba perdiendo la esperanza…


Lorea Otsoa Honorato.

martes, 13 de diciembre de 2011

LA ACTRIZ


Se quitó el sombrero de ala ancha, y lo fue volviendo en forma de reverencia. Su enorme pluma de color turquesa arañó la atmósfera al descender hacia el suelo. Inclinada se miró al espejo que tenía delante y se irguió despacio mientras una gran sonrisa se dibujaba en su cara. Sus tiempos de gran diva se habían disuelto hacía tanto tiempo, que dolía recordar, a veces los recuerdos son dagas lacerantes que hieren. Fue la más hermosa de las actrices, con una vida llena de promesas que se fueron extinguiendo como cera derretida. Sus labios pintados de rojo, se invirtieron de repente, y una lágrima amarga profanó su mejilla coloreada dibujando un surco miserable. Su gran obra de teatro, había llegado al final.


Lorea Otsoa Honorato

jueves, 11 de febrero de 2010

APOCALIPSIS



Sin aliento, y con la garganta lacerada por la gelidez de la noche, nos detenemos junto a las ruinas de una triste iglesia. Pienso absurdamente en el dueño del departamento, aplastado bajo el edificio, inexplicablemente dormía, a pesar de lo acaecido, dormía, como un animal que sólo obedece a su instinto, seguramente la muerte le ha sobrevenido sin percibirlo siquiera.
La chica tiembla entre mis manos, jamás habíamos estado tan cerca, sólo éramos amigos, y ahora somos dos náufragos que huyen del apocalipsis que les rodea. La aparto un poco de mí, quiero verle la cara, ese rostro que he amado desde que tengo uso de razón, está asustada, abatida, algo terrible ha sucedido, algo más allá de lo que estamos viviendo, lo sé, lo leo en sus tristes ojos.
- Ha muerto… - acierta a decir con voz temblorosa, y no necesito preguntar para saber que se trata de él, siempre se trata de él. La abrazo y reprimo un sollozo.
El suelo tiembla de nuevo bajo nuestros pies, y caemos abrazados sobre la empapada acera, nos arrastramos como reptiles junto a las piedras de la iglesia, ella me mira un momento, desea preguntarme algo, tal vez piensa que yo conozco el final de la historia, pero en lo único que puedo pensar es en cómo sobreviviremos a la siguiente acometida, esto parece no tener fin. La tierra se revuelve de nuevo, esta vez el estruendo ha sido aterrador, y una certeza funesta se instala en mi alma, algo que sé.
La miró de nuevo, ella tirita y llora, le tomo la cara entre las manos y la obligo a fijar sus ojos en los míos:
- Te amo… - musito con voz trémula – Sólo quiero que lo sepas…
Ella abre los labios presta a decir algo, pero una tremenda sacudida nos ataca, partiendo el mundo en dos. La enorme grieta se ensancha horadando la ciudad que nos contiene, y caemos sin remedio, hacia un abismo insondable…


Safe Creative #0912175131796

lunes, 20 de julio de 2009

LA JAULA DEL MIEDO

Tenía tanto miedo que apenas podía respirar. La atmósfera estaba tan cargada de gritos y sollozos que se había vuelto irrespirable. María, acurrucada en un rincón de la cocina, observaba ida las gotitas de sangre que salpicaban el suelo. Él ya se había marchado, había huido de la escena como una culebra cobarde, y la había dejado allí, golpeada, con un pitido insoportable en los oídos. Permanecía quieta a pesar de estar sola en la cocina, temía incluso pensar, como si de alguna forma él pudiera darse cuenta y volver para matarla.
Se abrió la puerta lentamente, y ella gimió lastimera, entonces vio entrar a un niño muy pequeño, que apretaba un peluche entre los brazos y la miraba con los ojos llenos de lágrimas, estaba tan asustado como ella. Se levantó impulsada por un resorte, caminó lenta y dolorida hasta el teléfono, y mientras revolvía el cabello del niño con los dedos, marcó un número de tres dígitos.


Safe Creative #0905090166844

lunes, 2 de febrero de 2009

EL CAMPO DE LOS UNICORNIOS


Lo había conseguido, después de tantos esfuerzos, de tantos años de estudio y de poner en práctica sus conocimientos de forma errónea más de cien veces, por fin, por fin lo había conseguido. Miraba extasiado lo que tenía delante, por increíble que pareciese, lo que había leído en sus libros de cuando era niño era cierto y lo tenía delante: un gran campo de un verde esmeralda brillante sobrenatural, habitado por multitud de unicornios de colores increíbles, colores que jamás había visto. Eran realmente majestuosos, con su luminoso cuerno de marfil en la frente, desafiando toda lógica humana.
Desde niño siempre había amado a aquellos animales mágicos, los había imaginado y deseado poder verlos. Con los años había adquirido el conocimiento necesario y había fabricado su máquina de dimensiones vibracionales. La había ido perfeccionando hasta conseguir que ésta elevase la frecuencia vibratoria y que le empujase a otra dimensión, una quinta dimensión. Y allí estaban, pastando tranquilamente ajenos a un mundo que de haberlos encontrado los hubiese esclavizado como al resto de sus hermanos del reino animal.
Los miró admirando su belleza celestial y soñó con que un día el resto de la humanidad pudiera viajar hasta ese mundo y poder sentir lo que él estaba sintiendo en esos momentos. Tenía el corazón desbordado por la emoción.

martes, 27 de enero de 2009

UN DÍA MÁS


El día era gélido, tanto que una lágrima podría congelarse habiendo salido apenas de un ojo, el invierno lo pintaba todo crudo allá arriba, abajo, en la mina, siempre pintaba crudo. El minero se frotaba las manos con energía tratando de entrar en calor; ni el fuerte desayuno, ni el aguardiente de la taberna, habían logrado mantenerle el cuerpo caliente. Encogido bajo su raído abrigo, con la piel erizada y tiritando, rezaba en silencio, como cada día antes de bajar en el maltrecho ascensor, aquel ascensor que les transportaba al mismísimo infierno.
El accidente que había ocurrido hacía menos de un mes, aún aguijoneaba su cabeza, ¿cuántos compañeros habían caído esta vez? Ése día él no había ido a trabajar, estaba con gripe, o quizás la enfermedad no había sido más que una forma de burlar el destino. Había estafado a la fría señora de las tinieblas una vez más, pero cada vez que esperaba a bajar, no podía evitar sentir aquella presión en la nuca, una especie de nudo metálico que lo contraía por dentro.
Arriba, el paisaje era blanco, completamente nevado, pero abajo sus ojos tendrían que acostumbrarse a la negrura del túnel, apenas iluminado por la luz del casco, cambiaría el aire puro y límpido del campo poblado de robles, por los pasadizos estrechos, llenos del polvo levantado por el trajín de las vagonetas colmas de carbón. Se miró las manos un momento, tenía las uñas negras, no conseguía blanquearlas con nada, lo mismo ocurría con sus ojos, parecía llevarlos pintados. Metió las manos en los bolsillos del viejo abrigo, pronto le tocaría entrar, ponerse el casco y picar la veta del carbón con el fin de sacarlo después a la superficie.
Aspiró hondo el frío, sintió una punzada en los pulmones y le entró aprensión, el estar tan cerca de la muerte día y noche no había hecho que dejase de tenerle miedo, quizás todo lo contrario, cuanto más cerca la veía, más temía su presencia. Se llevó la mano al pecho, pronto se quitaría el abrigo y se colocaría el casco, bajaría a la galería C y todo se tornaría oscuro, turbio, borroso, peligroso; entonces comenzaría una oración silenciosa, una oración de trabajo duro y de sueños, poder salir de nuevo a la superficie y reunirse con los suyos.
Entornó los párpados un momento, tratando de evocar en sus labios el último beso de su mujer antes de salir de casa, también, tenía las mejillas besadas por sus hijos. Un nudo se formó en su garganta, entonces sintió una mano sobre el hombro, la mano de un compañero, que le apretaba con firmeza y cariño; abrió los ojos de nuevo y carraspeó con fuerza para infundirse valor, apretó los puños y la mandíbula, empezaba una nueva jornada, un día más en la mina...

lunes, 20 de octubre de 2008

EL TÉ MÍSTICO


EL TÉ MÍSTICO

Justine miró hacia abajo espantada, tanto ella como sus invitados flotaban dos metros por encima de la mesita de té. Los había invitado para degustar un té hindú que le habían traído de la India. Mientras lo paladeaban, Justine cerró los ojos un momento imaginando que todos ascendían al nirvana. Lo que no imaginó, fue que al abrirlos se hubieran elevado al menos hasta el techo. Asustada los cerró con fuerza rechazando la realidad que tenía delante, pronto volvió a notar en su cuerpo la presión de la silla, sonrió aliviada sabiéndose de nuevo con los pies den la tierra.
(ESTE MICRORRELATO ESTÁ REGISTRADO, Y NO PODRÁ SER UTILIZADO SIN EL PERMISO DE LA AUTORA, Y SIEMPRE FIRMADO POR LA MISMA)