martes, 1 de septiembre de 2009

SANGRE Y ARENA

Era una tarde de sol ardiente, el cielo era la cúpula sobre la plaza, una bóveda de azul muy claro, era un gran foco que abrasaba. El gentío emitía voces que resultaban estridentes desde abajo, desde la arena parda. Un fino polvo impregnaba el aire, minúsculos corpúsculos que envenenaban la atmósfera, ya cargada de por sí. No soplaba el aire, y el calor caía a plomo sobre el escenario.
Negrura sentía el dolor sobre la espalda, una especie de aguijoneo que le escocía persistentemente, y algo líquido y espeso que le resbalaba por el cuello; sabía que era sangre, la había visto gotear hacia el abismo de aquella arena terrosa. Ahora miraba aquel trapo grande y de color purpúreo, que se agitaba insistente ante sus ojos cansados, invitándole a atraparlo, desafiándole pertinaz…
Entornó un momento los párpados, percibía el restallar de aquel trapo en el aire, los gritos del gentío, como un potente murmullo inteligible, y el calor, ese fuego que todo lo aplastaba con su aliento de estufa… Respiraba el aire viciado del polvo que flotaba, y sentía deseos de tumbarse, pero no allí, no en el lugar en el que se hallaba, sino lejos, muy lejos…
Una extensa dehesa se materializó ante sus ojos, una enorme extensión de tierra preñada de encinas, y de bien recortadas briznas de hierba verde. El aire se respiraba límpido, una brisa suave que se mecía lenta, vestida toda con una frescura primaveral. La tarde era lánguida, estática, como si permaneciese quieta en el interior de una fotografía perfecta, y Negrura se sentía feliz, en paz, paseando los campos que le habían visto nacer, crecer…
Una lágrima despuntó al borde de sus ojos, sentía la muerte cerca, anidada en el largo y afilado estoque que se ocultaba tras el trapo. Había pasado un tiempo indefinido en aquel muevo lugar al que le habían transportado, un tiempo tétrico y frío que no llegaba a comprender. Alzó la vista un momento, pero no vio más que rostros borrosos, y le pareció ver agujeros negros en ellos, huecos por los que se escapaban gritos inacabables.
Guiado por un impulso mecánico, se lanzó en pos del trapo grana, tal vez si lo atacaba, conseguiría huir de allí, sin embargo al acercarse, éste siempre flotaba veloz, y tan sólo conseguía rozarlo un poco. Se sentía frustrado, agotado, y el dolor provocado por las heridas de la espalda, no le dejaba pensar o sentir con claridad. Quería pedir perdón, aunque no sabía por qué, quería hacer algo que le permitiese escapar de allí, volver a casa, a su hogar…
El amanecer explotaba incandescente cada día, alumbrando cada pedazo de tierra en su avance, y Negrura siempre lo contemplaba en silencio, envuelto en una placentera emoción. El sol surgía de entre los montes bajos, y se encendía cada vez más, había pasado el tiempo de las sombras, la noche oscura e inquietante. A Negrura, a pesar de su nombre, o quizás gracias a él, le encantaba la luz de la mañana, aquella que lo bañaba todo con silbidos luminosos, semejantes a varitas de hadas.
Temía la oscuridad, y la temió aún más, cuando fue encerrado en aquel lugar, esas cuatro paredes que llegaron a trastornarle, ¿dónde está el sol? Se preguntaba con angustia, ¿por qué se ha hecho de noche tan pronto? Y a medida que pasaban los minutos se sentía languidecer más y más, encerrado en aquella noche perpetua, solo, asustado, y con aquel olor luctuoso y frío que le rondaba. La sombra que le cubría era tan densa, que llegaba a trastornarle, tanto así, que no pudiendo contenerse se lanzó contra ella, tratando de acuchillarla y hacer brotar luz de su seno profundo. Se golpeó de forma brusca contra algo que parecía un muro, y temeroso se detuvo un momento, apenas un breve instante, en el que resolló desesperado. Pasados unos eternos segundos, se lanzó de nuevo a tientas, esta vez hacia otro lado, y el resultado fue exactamente el mismo, un golpe seco y funesto que le provocó más dolor. No se detuvo, sentía que las sombras se le agarraban al cuello como perros de presa, quería huir, y se lanzó de nuevo; otro golpe. Emitió un sonido gutural, que se debatía entre el grito y el llanto, y el eco de aquella oscuridad espesa se lo arrojó al rostro con desprecio.
Nunca supo precisar el tiempo que estuvo en aquel lugar, una burla del destino, llamarse del mismo modo que el averno que ahora ocupaba: Negrura. De haber sabido hacerlo, habría reído a carcajadas de su mala sombra, y de la crueldad de algunas paradojas, en cambio, siguió bramando lastimero hasta caer agotado al suelo, una superficie granulada que desprendía un olor a sudor, sangre y miedo, que le puso los pelos de punta.
Soñó con el agua fresca de un pequeño arroyo que surcaba la dehesa en la que había habitado hasta ese momento, un agua cristalina que espejeaba cantarina bajo el sol. Allí bebía durante largo rato, saboreando el agradable goce de calmar la sed, impregnándose de la voz de cascabel del riachuelo, y sintiéndose absolutamente feliz. ¿Cómo imaginar que aquellos dulces momentos tendrían un fin próximo? ¿Cómo creer siquiera que la realidad puede cambiar de la noche a la mañana de un tajo violento? Pensó que la vida era algo extraño y misterioso, y tras mucho tiempo sintiéndose libre, comprendió que era esclavo.
La luz brotó ante sus ojos de forma violenta, como todos los sucesos que ocurrían a su alrededor en los últimos tiempos. Se incorporó confuso y fijó la vista en una puerta grande y cuadrada que se había abierto ante él. No lo dudó, tenía que huir de la penumbra, y se lanzó a galope hacia la hermosa abertura. Salió al exterior y continuó corriendo durante un breve espacio de tiempo, hasta que comprendió aturdido, que estaba avanzando en círculos, y que no había salida en aquella especie de cajón circular en el que se hallaba inmerso. Miró hacía el lugar del que había salido instantes antes, pero la puerta abierta ya no estaba, lo único que había era unos seres que caminaban sobre dos patas, y vestían de una forma llamativa.
Un aluvión de voces se le cayó encima como una losa, y entonces levantó la vista, para descubrir a más seres, un sinfín de ellos, que agitaban los brazos emitiendo sonidos que le resultaron lacerantes. Estaba asustado, quería irse de allí, ¿qué estaba sucediendo? ¿Qué era todo aquello? Apreció que la congoja se le agarraba a la garganta, y tuvo ganas de llorar…
Un trapo grueso y rosado, le azuzó el morro, Negrura se lanzó asustado hacia él, sentía que le estaba atacando, pero el trapo voló y se vio pasando por debajo, secuencia que se repitió varias veces. Entonces entró alguien más en escena, otro ser de cuatro patas, esbelto, y vestido con una especie de túnica gruesa, del que brotaba otro ser más pequeño, uno que sostenía una lanza. Negrura se sintió más asustado aún, todos aquellos personajes le estaban atacando, y no encontraba la forma de huir de allí. Decidió que tenía que atacar de nuevo con el fin de defenderse, después encontraría la salida.
Nada más lanzarse contra aquella bestia alta, que contenía dos seres en uno, sintió cómo algo punzante, frío y duro, se incrustaba sobre su cuello. Sin saber muy bien lo que ocurría, trató de arremeter con más fuerza contra aquel ser, que emitía una especie de risa absurda y estridente que le provocaba horror. Aquello que se le había clavado en el cuello, empujaba con más fuerza hacia abajo, provocándole más y más dolor; entonces giró un poco el rostro, y vio cómo aquel otro ser, le miraba a su vez, fue un instante, apenas un segundo, en el que Negrura comprendió, que ambos estaban siendo obligados a tomar parte en algo que no deseaban. Se apartó lentamente, tenía los ojos llenos de lágrimas, y clavó la mirada en el suelo. Vio gotas de sangre caer, y sintió un escalofrío, ¿qué le estaban haciendo?
Una música alegre sonaba en algún lugar, parecía que fuera fiesta, pero eso no podía ser… Apenas tuvo conciencia de lo que iba a suceder próximamente, cuando vio un ser de dos patas, correr hasta él con dos varas de colores en las manos. Supo de inmediato, a través del instinto, que le haría daño, y arremetió contra él, sin embargo aquel fue muy ágil y lo esquivó, no sin antes haberle incrustado en el cuerpo aquellas varas coloridas. Las voces arreciaron en el acto, y Negrura, apenas se dio cuenta de que otro de aquellos seres, se abalanzaba sobre él con más varas.
El tiempo pareció detenerse en un breve intervalo, la mente de Negrura procesaba veloz, mientras los acontecimientos parecían haberse detenido. Estaba encerrado en una especie de círculo terroso, el sol ardía en el cielo y sentía mucho dolor. Una sed increíble, que no había sentido jamás hasta ese momento, le acuciaba, sentía la lengua de esparto en el interior de una boca yerma, él no podía saber que era debido a toda la sangre que estaba perdiendo; a su alrededor había una serie de seres que le estaban atacando, seres a los que no había visto nunca y que arremetían contra él de forma violenta, y los gritos, aquellos gritos salpicados de una música que ahora se le antojaba fúnebre… ¿Qué estaba ocurriendo?
Ahora lo azuzaban con un nuevo trapo, este era de color rojo sangre, y era un poco más pequeño que el anterior, pero le instaba con la misma urgencia. Cansado y asustado, se lanzó una vez más hacia él, que se apartó ondeante burlándose de su torpeza. Miró a su alrededor un momento, ansiaba hallar una salida, el camino de regreso…
Cuando era pequeño, corría junto a su madre, sintiéndose seguro en todo momento, no había nada que pudiese dañarle mientras ella estuviese a su lado, estaba seguro, todo era posible, nada podía herirle. Sin embargo un día ella desapareció, no volvió a verla, y por más que la buscó, no logró encontrarla. Vivió días de gran angustia, de incertidumbre, por primera vez se sintió caminar sobre una frágil cuerda floja.
Ahora, en estos terribles instantes que estaba viviendo, todo parecía tambalearse de nuevo bajo sus pies, todo su mundo amenazaba con agrietarse, abriendo infinitas trincheras, tan hondas como barrancos, a través de las cuales sumergirse sin fin, en un oscuro averno, frío como la escarcha. Temía, tiritaba en lo más profundo de su ser, ¿qué iba a ser de él?
Un brillo alargado y fugaz, cortó la atmósfera un momento, Negrura entornó los párpados un segundo, y cuando los levantó de nuevo, supo que aquello iba en serio, lo iban a matar.


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3 comentarios:

Óscar dijo...

Hola, Lorea. Hace algún tiempo que visito tu blog, pero hasta ahora no te había escrito ningún comentario. No acostumbro a leer textos tan largos en una pantalla, pero he vencido mi inicial reticencia y, la verdad, me alegro de haberlo hecho, porque creas una atmósfera opresiva y desasosegante que sumerge al lector en un mundo de pesadilla. Tienes talento para las descripciones, y la creación de atmósferas es fundamental para cualquier creador de ficción.

Te felicito por el relato y por el blog, que es muy completo. A propósito, me he fijado en que eres nacida en Bilbao, como yo.

Saludos.

LOREA OTSOA HONORATO dijo...

Gracias Oscar, por visitar mi humilde blog, y sobre todo por leer mis creaciones. Me alegro de que te hayan gustado.
Sí, somos paisanos, el mundo es un pañuelo, jeje.
Espero que me sigas visitando.


Un saludo!!

Hada de los tiempos dijo...

¡¡¡Hola!!! Soy el Hada de los tiempos, y hemos creado una comunidad para reunir la literatura y el cine de fantasía desde sus inicios a la actualidad con la participación de todos los miembros: cuentosdehadas.ning.com

Esperamos que os guste. ¡¡¡Besitos!!!