lunes, 16 de febrero de 2009

LA DECISIÓN (2)




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El tiempo allí dentro era muy diferente a fuera, era como si se hubiese ralentizado, lo iba estancando todo, de pronto su vida había dejado de pertenecerle, ya no la controlaba, por primera vez en toda su existencia, no sabía qué hacer, no tenía pautas para ello, pautas que seguir en aquellas circunstancias, no tenía un plan. Por eso estaba quieto, sin hacer nada, arrugado como una hoja al caer de un árbol en otoño, esperando a que algo ocurriese, a que tuviese lugar algún desenlace. Lo único que cambiaba a su al rededor eran las sombras, aquella que se alimentaban de sus miedos, de sus angustias, ellas seguían creciendo mientras él se sentía mermar cada vez más.
Un chasquido le hizo salir de su ostracismo y mirar hacia donde provenía el citado sonido. Le pareció ver una chispa, una especie de lucecita blanca diminuta, casi imperceptible. Arrugó los ojos y frunció el ceño tratando de distinguir algo, intentando comprobar si lo que veía era lo que sospechaba, o su mente febril le estaba jugando una mala pasada. Pero la luz era diminuta y débil, parpadeaba de forma casi imperceptible, así que era muy difícil verla; aun así, él no se olvidó de ella, y a cada rato miraba para comprobar que aún seguía allí, que no se había apagado. No se atrevía a acercarse un poco para poderla ver desde más cerca, no tenía valor para deshacer el ovillo en el que se había transformado y gatear hasta la chispa. Sin embargo pudo apreciar algo, algo casi inapreciable y que él sí que percibió: las sombras se habían alejado un poco de la zona en la que se hallaba la lucecita. Esto llamó mucho su atención y desde ese momento decidió no perder detalle. Nada se modificó, todo permaneció igual desde aquel instante, parecía que su vida iba a seguir transcurriendo de aquel modo de ahí en adelante, metido en aquel pozo inmundo, profundo y oscuro del que no podía salir desde que aquella mañana cayera en él sin remisión. Ya no lloraba, se había cansado de hacerlo, también se estaba cansando de esperar, pero, ¿qué podía hacer? Aquel pozo no tenía salida, la única salida se hallaba a varios metros y era realmente imposible acceder a ella.
Un día, tras mucho meditarlo, se aventuró a cambiar de postura, de pronto le parecía ridículo seguir sentado totalmente encogido, pensó que el estar en aquella actitud no le salvaría del posible ataque de las sombras, además había comprobado que éstas retrocedían ante una simple y diminuta chispita, y necesitaba saber cuál era el poder que tenía ésta. Se colocó a cuatro patas y caminó lentamente hacia donde brillaba la luz, sin embargo se detuvo antes de llegar a su altura, porque ésta había comenzado a crecer y a intensificarse, entonces escuchó el griterío de las sombras, miró hacia ellas y las vio retirarse horrorizadas ante aquella luz que había comenzado a aumentar. Se sintió cegado y se echó para atrás cayendo sobre sus posaderas; a medida que la luz crecía, iba tomando forma humana, parecía un ser con cabello largo y túnica. Poco a poco fue tomando relieve y aparecieron sus facciones, hasta brotar una luminosa mujer, de cabello azulado que vestía una toga blanca que le llegaba hasta los pies, que en lugar de estar apoyados en el suelo, se mantenían a unos centímetros de él, flotando. Su cara era ovalada, de una belleza sin igual, tenía los ojos grandes y ligeramente rasgados, de color violeta muy brillante. Sonreía de forma serena mientras le miraba con gran dulzura, como si realmente le amase. Aquel profundo sentimiento le desconcertaba verdaderamente, ¿cómo podía amarle alguien que no conocía? ¿De dónde había salido aquella mujer luminosa?
- Soy Cala – se presentó de pronto como si hubiera escuchado lo que pensaba.
Él no dijo nada, se había quedado sin habla, completamente mudo allí sentado en el suelo, deslumbrado por la luz que irradiaba aquella mujer, una luz que iluminaba todo el inmundo agujero en el que se hallaban metidos. Definitivamente las sombras habían terminado por retirarse, por apartarse por completo, ella, Cala, las había echado con su simple presencia.
- No temas – dijo la aparecida con aquella voz dulce y a la vez firme, que la caracterizaba -, el miedo es lo que nos impide avanzar – añadió -. Ven, ponte de pie, Samuel... – propuso finalmente haciendo un gesto con las manos.
Samuel tragó saliva, temeroso, preguntándose cómo demonios sabía su nombre, porque pese al aturdimiento que le invadía, no recordaba haber pronunciado palabra ninguna. Cala le miró fijamente a los ojos y le sonrió embargándole de una calidez que no había experimentado jamás.
- Conozco todo sobre ti, siempre hemos estado unidos, formamos parte de una misma esencia – explicó la mujer.
Samuel se dio cuenta de que a parte de leer su mente, aquel ser hablaba sin mover los labios, sin embargo él la escuchaba perfectamente dentro de su mente, se comunicaba de forma telepática. De forma instintiva, miró hacia arriba, hacia la boca del pozo, después miró a la hermosa dama de luz y arqueó las cejas, de tal forma que a ella debió de parecerle cómica y no pudo evitar soltar una sonora carcajada que llamó mucho la atención de Samuel, que la observó sorprendido. Cuando pudo recuperar un poco el control de sus emociones, se irguió lentamente y se fue poniendo en pie con cierta dificultad, pues llevaba demasiado tiempo encogido en el suelo. Cuando estuvo de pie, colocado justo enfrente de ella, la miró a los ojos:
- ¿Cómo puedo salir de aquí? – preguntó con voz trémula.
- Puedes salir cuando quieras, nadie puede hacer que permanezcas aquí – respondió Cala.
- Las sombras... – musitó Samuel.
- Ellas solamente tienen el poder que tú les des – fue la escueta respuesta de Cala.
- Pero...
No tuvo tiempo de preguntar de nuevo, la hermosa mujer se esfumó de la misma forma que se había materializado, pero a la inversa, y Samuel se quedó allí de pie, con cara de tonto, tratando de analizar todo lo que Cala le había dicho. Se quedó durante unos minutos intensos allí quieto, con los ojos como platos, clavados en el lugar que había ocupado el mágico ser, después, poco a poco fue asimilando lo sucedido. Recordó que le había dicho que podía salir de allí cuando quisiera, que nadie podía retenerle en aquel lugar inmundo, eso significaba que había alguna salida por la cual poder abandonar ese agujero.
Se acercó a una de las paredes y comenzó a palparla de arriba abajo tratando de encontrar alguna puerta o algo similar; cuando terminó con esa pared, empezó con las demás, las fue palpando de una en una de forma minuciosa buscando aquella salida. Nada, no hubo suerte, no había una grieta siquiera, empezó a ponerse nervioso y a palparlo todo de forma frenética, pero no halló nada. Se llevó las manos a la cabeza mientras levantaba la cara hacia arriba en forma de súplica, entonces vio la boca del pozo, la miró durante unos momentos y frunció el ceño creyendo haber descubierto algo. Volvió la cara repentinamente al suelo y comenzó a rastrearlo con avidez: Una trampilla, eso es, una trampilla, se decía a sí mismo mientras buscaba. Se arrodilló y comenzó a gatear palpando todo el suelo con gran angustia en busca de la trampilla que estaba seguro que había. Pero no halló nada, absolutamente nada, ni en el suelo ni en las paredes había nada, no había ninguna salida allí, aparte de la boca que se levantaba a varios metros de él, y era imposible trepar por aquellas paredes lisas, sin nada a lo que poder asirse.
Desesperado se dejó caer sobre sus rodillas, había tenido esperanza durante unos momentos, pero ésta se había disipado tan rápidamente que apenas había podido disfrutarla. Enterró la cara entre las manos y rompió a llorar, el tener que resignarse de nuevo, era muy difícil, después de haber creído que realmente podía salir de allí. Lloró durante largo rato, lamentándose por su mala estrella, su vida antes de caer en aquel absurdo pozo era tranquila, pacífica, él nunca se metía con nadie, por ello se consideraba una buena persona, por eso no comprendía que aquello le estuviera pasando, él no consideraba que mereciese haber caído allí abajo. Cuando se hubo cansado de autocompadecerse, se tumbó en el suelo encogido en posición fetal, como al principio, pensando que jamás podría salir de allí, fue entonces cuando las sombras volvieron a aparecer, primero pequeñas, luego, poco a poco más grandes.






CONTINUARÁ...

lunes, 9 de febrero de 2009

LA DECISIÓN



Desde donde estaba sentado las veía acercarse lentamente pero de manera incesante, sonriendo de forma maliciosa, como si se supieran poderosas frente a él, le producían miedo, y su miedo las alimentaba, las mantenía fuertes, les despejaba el camino para que pudiesen avanzar, pero él no lo sabía, no lo sabía y seguía regalándoles su miedo. Realmente no sabía cuánto tiempo llevaba allí metido, en aquel agujero inmundo al que había caído una mañana al levantarse de la cama, nada más poner los pies en el suelo aquel hueco se abrió y se precipitó durante largo rato hasta el fondo de un gran vacío. Desde entonces permanecía metido en aquel agujero, encogido en posición fetal, lleno de miedos, de dudas, mordiéndose las uñas mientras observaba a aquellas sombras que le escudriñaban y le acechaban.
La mañana que todo comenzó se había levantado temprano para ir a trabajar como cada día, envuelto en la misma rutina que había marcado su vida desde siempre, una rutina que le hacía sentirse seguro, protegido, sabía qué iba a hacer cada día y cómo lo iba a hacer, sin sorpresas, sin sobresaltos, eso le daba seguridad. Él valoraba la seguridad por encima de todas las cosas, tenía toda su vida bajo control, absolutamente todo, y sin embargo, aquella mañana cuando se levantó para hacer lo que siempre hacía, todo cambió, pues un gran hueco se había abierto en el suelo, junto a su cama, y él se precipitó al vacío nada más levantarse.
No había luchado por salir de allí, no había hecho nada por abandonar aquel lugar oscuro y lleno de sombras que tan poco le gustaba. Se había quedado encogido en el mismo término en el que había caído, sin atreverse a mover ni un solo músculo. Desconocía por completo aquel sitio, el medio en el que se hallaba, eso le hacía sentirse inseguro, temeroso, por eso se quedó allí encogido, de forma indefinida, sin saber qué hacer.
En un principio, nada más caer contuvo la respiración del puro miedo que tenía, no se atrevía ni a parpadear, incluso el temblor de su propio cuerpo le asustaba y le mantenía agazapado, el rechinar de sus dientes bajo los labios resonaba amplificado. Permaneció en el más absoluto estatismo durante mucho tiempo, tanto que perdió la cuenta de éste, entonces comenzaron a aparecer las sombras, pequeñas en un principio, riéndose de él bajito, muy bajito, las escuchaba lejanas. Fue entonces cuando se decidió a llorar, de forma muy discreta, pues hasta eso le costaba, pero no pudo reprimir el llanto por más tiempo, así que no tuvo más remedio que dejarlo fluir.
Lloró y lloró hasta que un buen día, después de un eterno tiempo indefinido, dejó de hacerlo y consiguió armarse del valor suficiente para incorporarse un poco hasta quedarse sentado, sentado y encogido, con los ojos clavados en las sombras de la pared, aquellas que habían crecido ya muchísimo, tanto que cada vez tenía más miedo. Miró hacia arriba con cautela, tan temeroso como siempre, la boca del pozo por el que había caído, se veía muy lejos allá arriba, aunque lo intentase, le sería imposible poder trepar hasta allí y poder regresar a su dormitorio. Volvió a bajar la cara abatido, completamente desesperado, escuchaba los cuchicheos de las sombras que se iban acercando a él sin detenerse. No se atrevía a mirarlas, no lo hacía, pero sabía que estaban allí, acechándole agazapadas, esperando el momento de saltarle encima.
CONTINUARÁ...

lunes, 2 de febrero de 2009

EL CAMPO DE LOS UNICORNIOS


Lo había conseguido, después de tantos esfuerzos, de tantos años de estudio y de poner en práctica sus conocimientos de forma errónea más de cien veces, por fin, por fin lo había conseguido. Miraba extasiado lo que tenía delante, por increíble que pareciese, lo que había leído en sus libros de cuando era niño era cierto y lo tenía delante: un gran campo de un verde esmeralda brillante sobrenatural, habitado por multitud de unicornios de colores increíbles, colores que jamás había visto. Eran realmente majestuosos, con su luminoso cuerno de marfil en la frente, desafiando toda lógica humana.
Desde niño siempre había amado a aquellos animales mágicos, los había imaginado y deseado poder verlos. Con los años había adquirido el conocimiento necesario y había fabricado su máquina de dimensiones vibracionales. La había ido perfeccionando hasta conseguir que ésta elevase la frecuencia vibratoria y que le empujase a otra dimensión, una quinta dimensión. Y allí estaban, pastando tranquilamente ajenos a un mundo que de haberlos encontrado los hubiese esclavizado como al resto de sus hermanos del reino animal.
Los miró admirando su belleza celestial y soñó con que un día el resto de la humanidad pudiera viajar hasta ese mundo y poder sentir lo que él estaba sintiendo en esos momentos. Tenía el corazón desbordado por la emoción.

martes, 27 de enero de 2009

UN DÍA MÁS


El día era gélido, tanto que una lágrima podría congelarse habiendo salido apenas de un ojo, el invierno lo pintaba todo crudo allá arriba, abajo, en la mina, siempre pintaba crudo. El minero se frotaba las manos con energía tratando de entrar en calor; ni el fuerte desayuno, ni el aguardiente de la taberna, habían logrado mantenerle el cuerpo caliente. Encogido bajo su raído abrigo, con la piel erizada y tiritando, rezaba en silencio, como cada día antes de bajar en el maltrecho ascensor, aquel ascensor que les transportaba al mismísimo infierno.
El accidente que había ocurrido hacía menos de un mes, aún aguijoneaba su cabeza, ¿cuántos compañeros habían caído esta vez? Ése día él no había ido a trabajar, estaba con gripe, o quizás la enfermedad no había sido más que una forma de burlar el destino. Había estafado a la fría señora de las tinieblas una vez más, pero cada vez que esperaba a bajar, no podía evitar sentir aquella presión en la nuca, una especie de nudo metálico que lo contraía por dentro.
Arriba, el paisaje era blanco, completamente nevado, pero abajo sus ojos tendrían que acostumbrarse a la negrura del túnel, apenas iluminado por la luz del casco, cambiaría el aire puro y límpido del campo poblado de robles, por los pasadizos estrechos, llenos del polvo levantado por el trajín de las vagonetas colmas de carbón. Se miró las manos un momento, tenía las uñas negras, no conseguía blanquearlas con nada, lo mismo ocurría con sus ojos, parecía llevarlos pintados. Metió las manos en los bolsillos del viejo abrigo, pronto le tocaría entrar, ponerse el casco y picar la veta del carbón con el fin de sacarlo después a la superficie.
Aspiró hondo el frío, sintió una punzada en los pulmones y le entró aprensión, el estar tan cerca de la muerte día y noche no había hecho que dejase de tenerle miedo, quizás todo lo contrario, cuanto más cerca la veía, más temía su presencia. Se llevó la mano al pecho, pronto se quitaría el abrigo y se colocaría el casco, bajaría a la galería C y todo se tornaría oscuro, turbio, borroso, peligroso; entonces comenzaría una oración silenciosa, una oración de trabajo duro y de sueños, poder salir de nuevo a la superficie y reunirse con los suyos.
Entornó los párpados un momento, tratando de evocar en sus labios el último beso de su mujer antes de salir de casa, también, tenía las mejillas besadas por sus hijos. Un nudo se formó en su garganta, entonces sintió una mano sobre el hombro, la mano de un compañero, que le apretaba con firmeza y cariño; abrió los ojos de nuevo y carraspeó con fuerza para infundirse valor, apretó los puños y la mandíbula, empezaba una nueva jornada, un día más en la mina...

viernes, 9 de enero de 2009



CICLOS

-I-
Encogida como una pelota floto,
el vientre hinchado es mi guarida,
el líquido amniótico, mi medio.
Soy la nuez en su cáscara,
adoptando la esférica forma de ésta,
perfecta forma la esférica,
carente del accidente de la esquina,
de la absoluta brutalidad del ángulo,
la esfera es perfecta, la esfera me contiene.
Me siento ligera habitando la burbuja,
no hay recoveco, todo es evidente,
visible es mi mundo simple
para el ojo inmaduro,
el ojo que aún no tiene color definido.
El globo me da calor, alimento,
el globo redondo crece conmigo,
crece para darme espacio vital,
para dejar que mi cuerpo aumente,
con él aumentan mis sentidos,
soy cada vez más ser,
más vital, persona...
Me sostengo en puro amor,
amor perfecto, como el mundo que me crea,
un mundo hecho a mi medida;
mundo divino que me proporciona todo,
hogar que no escatima, que no excede,
inteligencia natural que da lo justo.
No sé del miedo, lo ignoro,
no sé del frío o del calor,
no sé del hambre o del hartazgo,
no conozco la miseria,
no conozco el odio,
la mentira, la falsedad, no habitan en el círculo,
sus paredes oblicuas están limpias,
ajenas y aisladas de lo sátiro.
Me siento a salvo; dormito,
sabores, olores asimilados por el cordón,
el cordón que me conecta a lo materno,
son mi único conocimiento,
lo poco que me llega de lo que hay,
de lo que flota fuera,
al otro lado de la fina pared de células,
y yo lo siento lejano, ajeno, exótico.
Aún no conozco su rostro,
el rostro de la dueña de la cueva,
pequeño hueco redondo que me cubre,
me protege y me llena de amor,
aún no he visto al ser que contiene mi ser,
el ser que me guarece, que es refugio,
percibo su cariño, su profundo afecto,
algo misterioso y fuerte nos une,
una fuerza sublime, capaz,
fuerza de la naturaleza, siempre sabia,
cúmulo de experiencia ancestral,
vivencias a través de los milenios,
átomos y átomos de evolución,
conocimiento comprimido en células, moléculas...
Abro la boca y saboreo el líquido,
lo bebo a pequeños sorbos de curiosidad,
experimentar, verbo que ya me forma parte,
el entorno, lo ajeno, lo no conocido,
todo comienza a despertarme el interés.
Soy torpe en el movimiento,
el ojo apenas tiene un poco de luz,
las extremidades son de juguete,
herramientas por completo desconocidas.
Soy alma, soy cuerpo, soy espíritu,
tomo conciencia de la trinidad que me conforma;
el deseo de conocimiento me embarga,
la voltereta es inevitable,
el giro busca la salida,
que ansía la locura de la aventura,
el impulso que empuja hacia fuera,
la determinación de buscar la luz,
la luz al final del túnel.
Una furia, un torrente, un ansia desbordada
me empuja afuera, a lo desconocido,
al mundo que hay fuera de mi mundo,
el mundo que me ha creado,
del mundo que ahora me lanza,
me expulsa con rotundidad...
Abandono la esfera de perfección,
me lanza al mundo de la arista,
al mundo del recoveco,
salgo a la exposición al frío, al hambre;
los sonidos, las visiones, todo,
todo es violencia, estridencia,
mis sentidos aun atrofiados sufren,
el mundo externo es confusión absoluta,
imperfección que produce miedo,
mi carne, la piel que recubre el ser, es blanca,
soy toda tierna, tan frágil,
soy incapaz y dependiente.
Pronto la mano amiga, el pecho templado,
el olor se vuelve conocido,
el alimento llena mi boca,
me llena con amor, con paz,
se derrama en mi interior como cántaro tibio,
la vida recorre mis venas,
el alma halla regocijo...



Pertenece al libro de poemas "Ciclos". Para más información, se puede visitar la entrada titulada Ciclos, en este mismo blog.
También se puede acceder a la obra completa en los siguientes links:






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lunes, 15 de diciembre de 2008

LA SONRISA DE LA LUNA


La luna cayó del cielo aquella noche, se sumergió en las calientes aguas del mar y el cielo quedó marcado por una blanca estela que lo dividió en dos partes. En la oscuridad de la noche lloré tu ausencia una vez más, no la primera, pero sí la última porque esta vez te había perdido para siempre.
La muerte es siempre fría, pero más cuando te arrebata el alma y se la lleva en tus bolsillos. Es una rutina, la gente muere todos los días, pero no todos los días muere un alma gemela.
Tu cuerpo se sumergió en la tierra exhalando un leve suspiro, así de fácil se muere uno, sin más, sin avisar, dejándote el corazón envuelto en el más denso luto. Decidí irme a la playa sin decírselo a nadie, la soledad me llamaba a gritos arañándome las entrañas. Creí verte un momento entre le luna y el mar, pero al caer ésta, tu imagen se borró sin dejar rastro. En la intimidad de esa soledad buscada, que me traía el eco de nuestra propia intimidad, pude al fin llorar. Lejos quedaba el atolondramiento que me abarrotó el cuerpo al conocer la noticia, los temblores, el gran nudo en la garganta…
No quise verte, imaginar tu cuerpo encerrado en un cajón cortándote la libertad que tanto amaste y buscaste, me era insoportable. Luchabas por vivir al máximo sintiendo que cada minuto era el último, de alguna manera sabías que ibas a morir joven. Yo en cambio aplazaba los momentos buscando una mejor ocasión sin darme cuenta que las mejores ocasiones no nacen de los planes preconcebidos, sino que surgen de sueños espontáneos.
Cuando supe la noticia sentí que moría, pero mi muerte era aún peor que la tuya, porque me obligaba a seguir encadenada a un mundo que ya no me motivaba. En cuestión de minutos me sentí prisionera de una existencia que se me antojaba cruel. Me hubiera marchado contigo pero sé que no te habría gustado. La vida se me antojó larga, inabarcable, llena de años vacíos que tenía que soportar para reunirme contigo.
- Ha sufrido un accidente con el coche – la voz del otro lado del teléfono sonaba metálica, irreconocible -, lo siento Julia.
Era Juan, un amigo común, incluso llegó a sentarme mal que supiera la noticia antes que yo, después me sentí absurda. El dolor no llegó momentáneo, tardó tiempo, pero cuando llegó se me echó encima como una losa.
No fui al funeral, me escondí en mi cuatro fingiendo una indisposición, pero lo cierto es que no soportaba la idea de ver como te metían en un agujero negro. Por la noche me fui a la playa de que ibas a aparecer para sorprenderme una vez más. Pero tú ya no podías venir a llenar mis huecos con tus susurros. Me había sentido sola muchas veces, pero nunca como ahora; sentía un pozo en lo más interno del estómago. Las palabras nunca te dejaré sola se tornaban entonces en un chiste, una farsa, una promesa incumplida, un rumor… Te odié por haberme abandonado de aquella manera tan absoluta, tan rotunda, por no haberte despedido, por haber dejado que nos enfadáramos tantas veces, por no llevarme contigo, por hacerme sentir tan diminuta, tan insignificante dentro de tu cosmos. Pregunté por qué al silencio, pero no me respondió, nada, ni una pequeña señal que no me hiciera sentir tan insignificante.
Esta mañana he paseado por ese mismo lugar, tal vez tratando de entender tu muerte desde la distancia, pero no hay una explicación, simplemente es algo que ocurre sin ningún sentido, sin normas interpretables por nosotros. Sin embargo te siento más dentro de mí que nunca, me consuela el pensar que tal vez fui tu último pensamiento, o tal vez uno de los muchos que tuviste. En los años que aún me separan de ti prefiero engañarme pensando que fui tan importante para ti que me dedicaste tu último suspiro.
Leo tus cartas cada noche, tus canciones, me doy cuenta de que tu espíritu no se encuentra encerrado en las palabras que las componen, porque ellas no pueden explicar lo que tú eras, lo que sigues siendo, son escasas en sus significados, tú significas más, pero el torpe lenguaje no puede dibujar lo que se siente por dentro, tan sólo puede darnos una idea vaga y efímera, un simple espejismo de lo que nos compone el alma. Tal vez la tuya era demasiado grande y tuvo que escapar a la materia para crecer, para sentir la tan intensa libertad de la que hablan tus canciones. Seguramente tratabas de explicármelo cuando suspirabas entre mis brazos, pero yo no supe darme cuenta, no supe interpretar algo tan sutil, tan intangible. El lenguaje de los suspiros nos es sumamente desconocido, no le prestamos atención porque es muy silencioso; pero tú sí que lo conocías, e intentabas utilizarlo conmigo, supongo que me sobrestimaste, o simplemente sabías que llegaría a darme cuenta de ello cuando ya te hubieras marchado, y sin embargo yo te odié, te creí egoísta por dejarme sola, ahora me doy cuenta de que la egoísta soy yo. Quizá llegue el día en el que mi alma busque su liberación, y tú me esperaras en el umbral, como siempre has hecho.
Está anocheciendo, la playa está preciosa a esta hora, pero esta noche la luna no cae, sino que emerge del mar desplegando una de sus mejores sonrisas, creo que es un buen presagio, sé que tras ella te escondes tú con tu cuaderno de notas y tu pluma, dispuesto a escribir una nueva canción.

martes, 9 de diciembre de 2008

LA CASA DE LAS VIRTUDES



- I -

CUANDO TODO EMPEZÓ

- ¡Chsssst! Calla, escucha, ha nacido el primero, ¿lo ves? Es muy bello aunque sea tan diferente al resto del mundo, es especial, incluso sublime, ¿no le oyes llorar? Pobre, sufre ya por el futuro que le espera, presiente que no será aceptado, sabe de sobra que el universo al que ha venido es muy cruel con los diferentes. ¡Mira! Ya abre los ojos, se ve que está desorientado, le costará mucho adaptarse y no creo que llegue a conseguirlo, pero su vida es mucho más valiosa de lo que él mismo cree.

El amanecer explotó hiriendo mortalmente al horizonte, que expulsó sangre de fuego en rotundas llamaradas incandescentes, y en medio de este apocalíptico infierno sideral se escuchó el desgarrador llanto de un bebé recién nacido. La matrona lo envolvió en sábanas, estaba cubierto de sangre, lo metió en una cesta y lo sacó de la habitación, momento que aprovechó el padre para correr a ver cómo estaba su esposa.
La halló postrada en la cama con los ojos llenos de lágrimas, le tomó la cara entre las manos, la tenía empapada en sudor. Ella le miró intensamente, después sonrió como si se alegrase de verle tras una larga temporada teñida de ausencia. Él se inclinó sobre ella y le besó suavemente la frente, en ese instante tuvo una visión, se vio a sí mismo junto a su esposa, más viejo él, ella parecía igual de joven que ahora, mantenía perfectamente su lozanía; se hallaban en una gran sala de tribunal, donde el severo juez juzgaba a seis personas, que por la poca estatura parecían niños. No podía saber de quiénes se trataba, pues iban cubiertos con una especie de hábitos con capucha y sus rostros se ocultaban tras unas siniestras máscaras de color blanco. Todo el pueblo se hallaba en la sala, y en los ojos de cada uno de ellos había encerrado un odio desmesurado. Miró a su mujer, sentada a su lado mientras se preguntaba quiénes serían y qué habrían hecho aquellos individuos para merecer tanto odio.
Su esposa murmuró algo y él regresó de manera brusca a la realidad que acontecía en el presente. La miró lentamente, analizando cada uno de sus rasgos, ella le devolvió una mirada un tanto inquieta, él tenía el miedo dibujado en la cara, como si algo malo fuera a suceder.
- ¿Qué ocurre? – preguntó ella un tanto contrariada.
- Nada, no te preocupes – respondió él tratando de borrar la imagen de aquel terrible juicio que había presenciado en su visión.

En el cuarto de baño la matrona y una sirvienta se afanaban por limpiar la sangre del cuerpo del bebé, jamás habían visto a un recién nacido tan embadurnado de ésta. Frotaban su piel tratando de volverla rosada, pues ése debía ser su color natural. Probaron con todos los jabones que había a su alcance tratando de limpiar aquella frágil piel mientras el pequeño infante no paraba de llorar visiblemente molesto por aquel exhaustivo baño.
El incendio celestial se fue extinguiendo dejando nacer un hermoso día de color mar. Los rayos del sol penetraron por la ventana atravesando el cristal e inundaron la habitación con su blanca luz. La matrona entró con un bulto envuelto en trapos blancos en su regazo, se acercó lentamente al matrimonio, la mujer la miró a los ojos, la preocupación y el desasosiego vivían en ellos. El hombre se acercó a la matrona y miró el bulto que portaba, posó su mano sobre él, estaba caliente y palpitaba con fuerza, levantó uno de los trapos suavemente, concretamente el que cubría su cara, y dio un paso atrás asustado.
- ¿Qué ocurre? – preguntó la mujer desde la cama.
- Llévatelo – ordenó el hombre a la matrona en voz baja.
Ésta obedeció sin mediar palabra, salió del dormitorio ante la desconcertada mirada de la mujer.
- ¿Qué sucede? ¿Por qué se va? Quiero ver a mi hijo – suplicó desde la cama.
El hombre no respondió, se limitó a acercarse a ella y abrazarla con fuerza. Dos gruesas lágrimas se descolgaron de sus ojos, rodaron por sus mejillas y cayeron sobre la cabeza de su adorada esposa, ella permaneció muy quieta, sin atreverse a articular movimiento alguno, el abrazo de su marido no la tranquilizaba, sino que la asustaba, sabía que algo terrible ocurría, pero no tenía el valor de preguntar qué, se quedó allí escondida entre los brazos de su esposo, fingiendo todo el tiempo que le fuera posible, que no ocurría nada malo en realidad, hubiera querido permanecer allí para siempre, que los minutos, las horas, los días, los meses, los años y en definitiva la vida, pasara vertiginosa por los vértices del tiempo hasta concluir o transformarse en una eterna eternidad.
Dos estrellas se fundieron el firmamento a plena luz del día volviendo el cielo blanco y brillante, el hombre cerró los ojos cegado por tanta luz, y la mujer se abrazó a él con mucha más fuerza mientras exhalaba un grito desesperado. Todos los vecinos del pueblo, corrieron hasta sus ventanas para presenciar anonadados el extraño acontecimiento que se estaba produciendo en los cielos.
Tiempo después aun se comentaría este hecho, pues nunca jamás habían visto que el cielo cambiase de color repentinamente, y además aquella no fue la última vez que ocurrió, pues sucedió en cuatro ocasiones más, y los vecinos del lugar temieron que fuese el presagio de algo malo. Sin embargo la quinta vez fue la última que se dio aquel fenómeno tan extraño que nadie supo ni pudo explicar.
Con el tiempo se fueron olvidando del suceso y lo achacaron a un capricho de la naturaleza, dejaron de darle importancia, sus mentes humanas lo fueron dejando oculto en el gran desconocido subconsciente, pues en sus cabezas fueron anidando nuevas ideas y preocupaciones mucho más cotidianas que desplazaron lo que ocurrió y no consiguieron comprender


-II-

LIVO

En Livo todo era sobriedad, seriedad y formalidad. Las gentes de dicho lugar eran cautas, discretas y muy responsables. Caminaban de forma ordenada por las calles perfectamente estructuradas, de una anchura suficiente para que se pudiera transitar por ellas con desahogo y de una rectitud neurótica. Jamás chocaban unos con otros, pues respetaban de manera escrupulosa todas las normas que ellos mismos habían creado para llevar una vida irreprochablemente correcta, simétrica y llena de orden.
Vestían todos de igual manera, con ropas negras, blancas y las diferentes gradaciones del gris, indumentarias de corte muy clásico, lejos del colorismo llamativo y de las hechuras provocativas. Sus comidas eran equilibradas en un 100 %, tenían elaborados todos los menús que debían comer durante todo el año y lo llevaban a rajatabla, de este modo pretendían cuidar su salud y vivir una media de edad similar entre ellos; era tal su obsesión por vivir todos más o menos los mismos años, que a los que se pasaban de la franja de edad estipulada, los confinaban en un centro especializado en el que les inyectaban una sustancia que los conducía limpiamente a una muerte indolora. De esta forma sabían cuánto iban a vivir como máximo, lo cual les daba una perspectiva irreal de control sobre sus vidas. Ni reían ni lloraban más de lo preciso, tenían la obligación de controlar sus sentimientos, desde que eran niños eran educados concienzudamente para ello, les inculcaban aquellos valores que tanto estimaban y respetaban todos y cada uno de los habitantes de Livo. Con todas estas leyes y normas conseguían vivir inmersos en una rutina férrea que les proporcionaba una gran tranquilidad, sabían cómo les iba a ir el día, porque todos los días eran exactamente iguales, cambiaban algunas pequeñas cosas que se escapaban a su control, pero eran hechos insignificantes que apenas modificaban la cadena de acontecimientos que conformaban las horas de sus existencias. Todo esto vestía a Livo de una especie de perfección artificial que muchos lugares admiraban y trataban de imitar, era un pueblo modelo que daba sensación de paz y sosiego, era armonioso y correcto, prefabricado, siniestro.
Carpia era probablemente la única habitante de Livo que recordaba aquellos cinco fenómenos paranormales que repartidos por el tiempo habían asolado el cielo volviéndolo completamente blanco. Llevaba años estudiándolos para tratar de hallar una conexión entre ellos, y algo en el mundo en el que vivían. Había ido elaborando numerosas teorías, algunas de ellas eran muy descabelladas y estrambóticas, otras en cambio, no carecían totalmente de lógica. Consultó diversos libros sobre fenómenos meteorológicos, sobre brujería, religiones y demás, tratando de hallar respuestas; de este modo llenó su casa de libros hasta arriba, cuando sus estanterías estuvieron repletas y ya no cabía ni un ejemplar más, tuvo que irlos colocando por todos los rincones, con lo cual su vivienda se convirtió en una especie de biblioteca improvisada, era imposible hallar un rincón en el que no hubiera libros. Todo esto le creó una fama de extravagante en el pueblo bastante molesta, pues todo el mundo cuchicheaba a sus espaldas. Pronto se empezó a comentar que estaba loca y ella temió que tratasen de tomar medidas y la encerrasen, por ello decidió hacer una gran reunión para todos los vecinos de Livo, en ella desvelaría cuáles eran sus investigaciones y qué conclusiones había conseguido sacar.
Mandó hacer invitaciones que posteriormente envió a todos y cada uno de sus vecinos, a los cuales citó en un gran pabellón que había alquilado utilizando parte de sus ahorros para ello, pues pensaba que la ocasión lo requería, y pasó semanas enteras preparando el discurso que quería dar, ordenó sus apuntes, los completó con consideraciones de los libros que más la habían ayudado en su estudio de los fenómenos extraños de aquellos cinco días, y se dispuso a dar a conocer todo esto al resto de Livo.
En un principio las gentes del pueblo se mostraron reacias a asistir a la reunión propuesta por la extravagante mujer, pero finalmente la curiosidad le ganó el pulso a la desconfianza y fueron llenando poco a poco el pabellón que Carpia había alquilado semanas antes.
Entraban en pequeños grupos, cuchicheaban mientras miraban a un lado y a otro seguramente tratando de hallar a la convocante en algún rincón, pero ella permanecía oculta tras los enormes cortinones de terciopelo gris que había tras el atril que ella misma había colocado para hablar desde él a sus paisanos. También había dispuesto un montón de mesas sobre las que había puesto diferentes libros con anotaciones, para que el que quisiera, pudiera hojearlos libremente y comprobar que lo que ella decía tenía una buena base documental sobre la cual sostenerse.
Se fueron sentando en las sillas que había repartidas por todo el auditorio, Carpia esperó pacientemente a que todos los asistentes se hubieran situado en sus respectivos lugares. Una vez ocurrido esto, salió de detrás de las cortinas y se colocó tras el atril, lugar desde el que iba a lanzar su discurso. Carraspeó para aclarase la garganta y el murmullo colectivo se silenció de forma automática, en el fondo tenían muchas ganas de escuchar lo que tenía que explicarles.
- Gracias por asistir – sonrió tímidamente, los serios rostros de sus paisanos la ponían muy nerviosa. Carraspeó nuevamente, tenía la cara caliente y temió ruborizarse delante de todo el mundo, lo cual le restaría aplomo y por lo tanto credibilidad a su tesis, así que trató de impedirlo, y para ello se lanzó a hablar, pues en el fluir de sus palabras se iban poco a poco diluyendo sus nervios.
En un principio los allí presentes se mostraron un tanto escépticos, pues la introducción de Carpia era demasiado larga, sin embargo ella se dio cuenta a tiempo y resumió al máximo su exposición.
- Todo esto me ha llevado a un hecho muy curioso – dijo por fin -, los fenómenos paranormales que asolaron el cielo de Livo en cinco ocasiones, coinciden de una forma exacta con los nacimientos de la mansión Puncio, los partos de Calisa Puncio.
Los que hasta ese momento no le habían prestado mucha atención, guardaron silencio, y la miraron fijamente, ahora sí que había conseguido hacerse por completo con el pabellón.
- ¿Y qué relación hay entre los partos de Calisa Puncio y los fenómenos extraños? – preguntó uno de los asistentes en voz alta para que todo el mundo pudiese escucharlo.
- Pues aun no lo sé – respondió Carpia visiblemente contenta de que por fin su público se implicara -, y es eso precisamente lo que quiero averiguar, lo que me queda por descubrir, tengo que hallar la conexión entre los partos y los fenómenos.
- ¿Cómo sabes que están comunicados? – preguntó otro de los asistentes.
- Tienen que estarlo, no puede ser casualidad, además, no olvidemos que los hijos de Calisa Puncio nacieron muertos, ¡los cinco! ¿No resulta cuanto menos insólito?
- ¡Es obra del demonio! – gritó una mujer desde el fondo de la sala.
Todos los asistentes miraron hacia atrás, la mujer miraba para arriba con los brazos extendidos hacia el techo; hubo un gran murmullo entre la multitud, Carpia no dijo nada, se limitó a esperar pacientemente, había conseguido que tomaran en consideración sus teorías y eso la tachaba automáticamente de la lista negra de cosas irregulares y poco lógicas de Livo.
- ¿Qué es lo que tú crees? – preguntó un hombre poniéndose en pie, el resto de los presentes guardaron silencio, pues se trataba del mismísimo juez Carón, uno de los hombres más poderosos del pueblo -, aunque no tengas pruebas aún, seguro que una idea de lo que sucede ronda tu mente, debes compartirla con todos nosotros ya que nos has reunido aquí.
- ¡Eso! ¡Eso! – comenzaron a gritar algunos de los allí presentes.
- Bueno, yo creo que Calisa Puncio ha hecho un pacto con el demonio.
- ¿Cómo?
- ¡Es obra del demonio! – volvió a gritar la mujer del fondo con los brazos en cruz.
- ¡Silencio! – ordenó el juez Carón - Continúa – dijo después dirigiéndose a Carpia.
- Bueno, todos conocemos a los Puncio y sabemos que Calisa Puncio es muy bella, es como si los años no pasaran por ella – el silencio en el pabellón era sepulcral -, cinco embarazos y su figura quedó intacta. Yo creo que entregó a Satanás sus hijos a cambio de belleza y juventud.
El silencio se quebró una vez más por el murmullo de la multitud, Carpia miró al juez Carón para ver cuál era su expresión, éste miraba hacia el suelo pensativo, como reflexionando sus palabras, midiéndolas minuciosamente, troceándolas en busca de su significado más profundo. Tembló, tuvo miedo de cuál sería el veredicto de aquel hombre tan poderoso en Livo, pues él y su amigo Nerodi eran los que manejaban los hilos que guiaban aquel pueblo. De pronto alguien tocó su hombro, ella se volvió sobresaltada para comprobar que se trataba de mismísimo Nerodi, un hombre moreno que vestía traje y corbata gris oscuro.
- ¿Me permite? – preguntó señalando el atril, Carpia asintió y se retiró apresuradamente para dejarle paso - ¡Un momento de silencio, por favor! – exclamó dirigiéndose a la multitud. Todos callaron y le miraron fijamente - Esta mujer nos ha recordado un hecho, o mejor dicho, unos hechos extraños que acontecieron hace más de diez años y que ya habíamos olvidado. Dice haber investigado mucho, y sin embargo no tiene pruebas para verter acusaciones tan graves sobre el matrimonio Puncio, que son personas muy respetadas y correctas. Es cierto que aquellos hechos fueron aterradores, algo que desgraciadamente se escapó a nuestro control, lo cual me pone los vellos de punta, pero no podemos tratar de buscar explicaciones absurdas e ilógicas, eso es de locos, y usted no quiere que creamos que está loca, ¿verdad? – preguntó mirando a Carpia severamente, ésta negó con la cabeza - Pues bien, lo mejor será que todos olvidemos este asunto, le daremos una nueva oportunidad a esta mujer para que se deje de historias y haga una vida correcta y como Dios y las leyes de Livo ordenan.

Los habitantes de Livo allí presentes, aplaudieron enfervorecidamente las sabias palabras de Nerodi, que concluyó su improvisado discurso con palabras de calma para tratar de tranquilizar los ánimos de la muchedumbre, pues no deseaba un pueblo muerto de miedo y paranoico a causa de la superchería y los cuentos de viejas, sabía de sobra que no había nada más peligroso que una multitud descontrolada a causa del pánico.
Carpia se retiro discretamente para no llamar la atención, consideraba que ya lo había hecho lo suficiente con aquella reunión que finalmente de nada había servido, o por lo menos de nada bueno, pues de ahora en adelante la vigilarían más de cerca, y esto suponía que tendría que ser más discreta y cauta, pues no tenía ninguna intención de abandonar el tema, ahora más que nunca tenía que demostrar que algo malo ocurría en casa de los Puncio, demostraría a todo el mundo que no estaba loca y se convertiría en algo célebre para Livo, todos los que ahora la tomaban por loca, tendrían, no sólo que disculparse, sino que deberían darle la razón y reconocer que su trabajo y sus investigaciones habían sido espléndidas; se vio impresa en un gran libro de historia y sonrió vanidosa escondida tras los enormes cortinones de terciopelo gris.


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Livo es un lugar regido por férreas normas y leyes, en el que casi todo está prohibido. Sus habitantes han decidido no amar, no soñar, no crear, y vivir conforme a normas y leyes que lo reglan todo de una forma neurótica, siniestra. Ansiosos por defender una existencia, que consideran perfecta, son capaces incluso de torturar y de asesinar. Sin embargo unos misteriosos sucesos, cambiarán el rumbo de los acontecimientos. La historia se desliza por multitud de pasadizos secretos, llenos de intrigas, en las que gentes poderosas manejan los hilos de un mundo que teme cambiar, a pesar de estar sumido en una pesadilla continua.


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